miércoles, 18 de octubre de 2017

London room



Decía el padre de la neuropsicología, William James, que si nos acordásemos de todo seríamos tan desafortunados como si nos acordásemos de nada. Y no retenemos todo porque el cerebro consolida solo las memorias que están fuertemente asociadas. En un estudio realizado en Barcelona los científicos demostraron que el cerebro activa redes de recuerdos relacionados durante el sueño y, dependiendo de la fuerza con que estén asociadas, las memorias se fijan o se olvidan. Lo que se olvida es ruido innecesario. Y al leer sobre ello cuando precisamente estaba escribiendo sobre un recuerdo no me cabe la menor duda, todo lo que retenemos en la memoria tiene mucho más poder del que podríamos imaginar. 

Los recuerdos no sólo existen para ser evocados y añorados, su poder les otorga la capacidad de inspirar vidas nuevas. Pueden ayudar a construir, a pesar de que también destruyan, pues servirse de ellos puede ser una gran idea para emprender algo nuevo. Dicen que no debemos alimentarnos de recuerdos pero, qué pasa si gracias a ellos nos volvemos más creativos. A la vista está que existe una gran diferencia cuando echamos mano de la memoria para contar una historia o revivir un instante de felicidad. 

Antes de trasladarme al piso desde donde os escribo estuve varias noches pensando en la mudanza. Me incomodaba el hecho de no recordar con exactitud la distribución y los detalles del nuevo piso, supongo que son normales las dudas cuando tu mente hila tan fino a causa de los nervios previos a un gran cambio. Pero sí hubo algo de la visita guiada por la dueña días atrás que se guardó en mis recuerdos selectivos. “Está la habitación roja, la verde y la rosa”, nos dijo sonriendo. Se refería a los colores de una de las paredes de cada habitación. La primera idea fue pintarlas de nuevo al instalarnos, esos no eran precisamente nuestros tonos favoritos, demasiado llamativos. Pero todo cambia cuando llevas dos días desembalando y limpiando a fondo sin ver el fin al caos de cajas y cinta aislante. Así, decidimos que las habitaciones se quedarían de momento tal y como estaban, hasta que tuviéramos ganas de empuñar la brocha. 


No es éste un post de decoración. Os quiero contar cómo los recuerdos pueden actuar de imán entre objetos y cómo sin querer o sin planearlo se puede hacer florecer nuevos modos de encontrar motivación. Porque cuando se tiene mucho tiempo para pensar debido a alguna situación puntual o circunstancia es importante crear el hábitat donde sentirse realizado y seguro. Fue así como hilé la decoración de la habitación en la que estoy ahora sentada. Quiero escribiros desde aquí a partir de ahora y haceros partícipes del nuevo hogar de La importancia de un instante. Es algo que necesito para que comprendáis la belleza de los recuerdos y lo importantes que pueden llegar a ser, al menos para mí. Esta no es solo una habitación al uso, una estancia en la decides poner una mesa y el ordenador. Quiero volcarme aquí para vosotros.



Y así comenzó todo…


Durante el primer día en el nuevo piso hallé objetos olvidados en un cuarto de desahogo, junto a la lavadora. Tenían pinta de llevar ahí mucho tiempo. 

No me gusta tirar nada y creí ver en el par de sillas rojas y en la papelera que encontré (y que recuerda a una boca de riego) un encanto especial. Una de las sillas tenía el color desgastado, la otra una pequeña parte del asiento abollado. Me las llevé a otra de las habitaciones para que dejaran de estropearse y siguieran junto a los productos de la limpieza y continué con la tarea de vaciar cajas.



Pero me entraron ganas de escribir y de encender el ordenador y romper tantos días de silencio. Me ocurrió a la mañana siguiente, mientras limpiaba el balcón de la habitación con pared roja. Habíamos pensado utilizarlo como despacho así que quería que estuviera a punto para cuando tuviéramos que utilizarlo. Cuando fui a otra habitación a buscar la mesa para plantar el portátil sobre ella, en el pasillo me topé con una de las sillas rojas. La había puesto ahí a primera hora de la mañana para apoyar la radio y empezar a limpiar. Entonces la pared roja vino a mi mente. Las palabras de la mujer, “la habitación roja”, sonaron más fuertes en mi cabeza y, dejando la tabla de la mesa en una esquina agarré en un arrebato la silla roja desgastada y retrocedí sobre mis pasos por el pasillo, de nuevo al futuro despacho. La coloqué en el suelo pegada a la pared. En ese instante recordé el cuadro de Londres. Hacía mucho tiempo que mi hermano y mi cuñada me lo habían regalado. Cuando visitaron la ciudad se hicieron con unas láminas en blanco y negro. Para completar el regalo, compraron un marco. A pesar de su grosor y de la importancia de que Westminster aparezca al fondo, la cabina roja protagoniza la imagen. Roja. Mientras os lo cuento intento ordenar recuerdos. Sí, cuando me la regalaron aún yo no había ido a Londres, aún desconocía cuánto valor llegaría a darle a ese cuadro. 

Pudo ser mi manía de no querer tirar nada, intento darle una vida nueva a los objetos. Quizá mera coincidencia, al fin y al cabo el rojo es un color muy común (aunque no es precisamente mi favorito). Solo sé que mi mente asoció recuerdos, me llevó a guardar aquellas dos sillas a pesar de no estar en perfecto estado, y de no saber dónde las pondría, y mis manos acudieron solitas hasta el cuadro que, a pesar de que siempre me ha encantado, nunca sé dónde poner. Es cierto, lo he tenido colgado en un lado o en otro pero siempre creía que no era el lugar adecuado. Hasta hoy. Lo tengo enfrente de mí. Sobre la silla desgastada. Todos los rojos coinciden. El de la pared, el de la silla y el de la cabina. A pesar de no tener nada que ver entre ellos ni haber sido fabricados para ir conjuntados.

Esta semana está siendo intensa en mi nuevo refugio, no sé qué más habrá pasado cuando llegue el viernes pero ya os digo que el lunes y el martes han sido muy intensos. El miércoles amanece con fuerte tormenta y la persiana del despacho estropeada. Desde aquí os escribo, sin ser consciente de si hay luz o en cambio sigue nublado en el exterior. La bombilla desnuda del techo hace algo amarilla la estancia, y llega ahora a molestarme después de las horas transcurridas. El rojo sigue intacto. El desgastado por el sol del cuarto de la limpieza le da un toque vintage a la silla. Me hace sonreír. Supongo que por este tipo de cosas a los decoradores les apasiona su trabajo. Reconozco que tiene su puntillo. 

El vértigo de una mudanza y de la incertidumbre se hace más llevadero desde este asiento. Ya sé por qué no elegí la silla roja como complemento para la mesa, tenerla enfrente me iba a servir de inspiración.
Como dice Lucy “la vida nunca resulta como la has planeado”. Su vida cambia por completo en Mientras dormías. Cuando Peter despierta no la recuerda, verla tan solo unos segundos mientras compra el ticket del metro en la cabina donde ella le atiende no es que sea el mejor lugar para retener la cara de una persona. Sin embargo ella se enamora perdidamente de ese desconocido. “La mente humana archiva algunos recuerdos mientras duerme, a la vez que elimina otros”, decían los científicos en el artículo de la revista Journal of Neuroscience. “Al eliminar los recuerdos sobre nuestro entorno que son poco frecuentes o inconsistentes, se evitan interferencias de la memoria en el futuro”.

Ayer por la tarde, con la ilusión efervescente de la recién estrenada London room Ricardo llegó del trabajo. Yo estaba empezando a escribiros en esta habitación. Sonó su voz al otro lado del pasillo, “¿Dónde estás?. Y yo le respondí, “en London”. Y por un instante, mucho más fugaz que cualquier otro que haya experimentado, pensé, “estoy en Londres”. Y sonreí por dentro. Y ahí descubrí otra función de este nuevo rincón. Desde aquí puedes viajar a otros lugares a grandes velocidades. Y me doy cuenta que siempre lo hago mientras os escribo. Es uno de los tantos alicientes de narrar.


Eso me hace recordar otra anécdota divertida. Iba a ser el primer año en Granada y Noelia, Mary y yo íbamos a compartir piso de estudiantes. Ellas quisieron compartir una así que sobraba la tercera habitación (siempre le das el último orden a lo que menos te gusta). Estaba justo al lado de la puerta, era estrecha y sombría y tenía una pequeña ventana que daba al ojo patio del edificio. La bautizamos como “la habitación del mal rollo” y, muchas veces sí que lo dio, dio para mucho. 

Aquella primera noche de estudiante, mientras dormía, mi cerebro retuvo aquel recuerdo del nuevo nombramiento y lo hizo eterno. Darle nombre a las habitaciones ayuda a hacerlas más tuyas, a que se conviertan en un hogar por sí mismo. Y el que haya surgido solamente en aquella de Granada y en ésta las hace aún más excepcionales.
Hoy, desde la habitación London me traslado años atrás al momento en que aquellas tres chicas atravesaron con sus maletas el largo pasillo que separaba la “habitación del mal rollo” del resto del piso, descartando instintivamente la estancia sombría cuando nos dispusimos a elegir dónde dormir. La distancia se hace invisible a la memoria, no importa cuánto tiempo haya transcurrido, las grandes vivencias siguen ahí. Igual que nosotras que ahora vivimos alejadas las unas de las otras, cuando nos vemos el tiempo es como si no hubiera pasado.

Dejo un momento de escribir y salgo a la terraza. El aire parece limpio después de la tormenta, el fresco reconforta después de las horas bajo la luz amarilla y frente a la pared roja. El cielo permanece nublado sobre los árboles. De repente, una tímida lluvia suena y consigo poner en segundo plano el ruido del tráfico para escucharla caer. Una vez más selecciono lo importante, seguro que recordaré mañana esta lluvia placentera. Un pájaro sobrevuela las copas de los árboles, vuela libre ignorando el gris escenario de su huida. 


He vuelto a la habitación roja, el efecto amarillo me devuelve las palabras. La semana se presenta más interesante después de haber compartido todo esto con vosotros. 
Los recuerdos con lluvia parecen más nostálgicos al releerlos y, después cuando enciendo una vela porque la luz se ha ido y la lluvia se oye caer en el exterior. Son capaces de cambiar el futuro o, cuanto menos, hacer más poderoso el presente. Ese que se impone salvajemente con la suave brisa del otoño.


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lunes, 18 de septiembre de 2017

La película de nuestras vidas



Rebobinar. Contar con la posibilidad de irte hacia delante o hacia atrás desafiando la importancia de un instante que ya se fue. Y coges los momentos con la mano, como agarrarías algo para pedir un deseo, con esa fuerza que te viene de algún lugar que no sabes localizar. Quién sabe, por pedir ese deseo no va a pasar nada, sino todo. Algo. Que se cumpla. Lo único. Ojalá fuera lo único para todo. Que brotara ese ímpetu con su varita mágica. El deseo que golpea en la mesa haciendo que el resto se calle o que, de una palmada, su alrededor se ilumine. 

Mi abuela María me coge en brazos. Venía acelerada después de recorrer toda la terraza del restaurante jugando mientras ella me llamaba para que no me alejara de su lado. Es uno de los tantos momentos que hemos rescatado de la memoria gracias a los VHS de la familia. Este en concreto, de la comunión de mi hermano mayor, es al que más cariño le tengo. El abrazo de mi abuela es ese instante que rebobino una y otra vez para que la cinta me enseñe de nuevo su cara, la que es imposible que recuerde de otra manera. Solo tenía dos años. La veo y pido tantos deseos a la vez que el ímpetu no da abasto. Y todo se ilumina frente a mis ojos vidriosos.

Hacía mucho que aquella película con carátula negra dormía junto a los demás VHS de casa en una caja en el trastero. La Bella y La Bestia, El último Mohicano o Por siempre jamás, y, entre esas grandes pelis originales se mezclaban los videos caseros de la familia López. Y así apareció la estampita de la comunión de mi hermano, con cara de niño bueno y ojos inquietos, vestido con su corbata y chaleco en la portada de la cinta. Ésa que me da tantas oportunidades para un solo instante. Rebobino el instante.

La tentación era demasiado grande, muchas cintas e innumerables referencias a todos los videos que recordaban haber grabado mis hermanos en sus pequeñas aventuras cuando se quedaban solos en casa. ¿En cuál estarían almacenados todos esos momentos? Habría que verlas todas para situar cada recuerdo en las grabaciones. Una delicia de trabajo que, por cierto, aún no ha terminado. Igual cogíamos una al azar y había suerte sin tener que esperar demasiado.


Un día mi hermana María apareció con unas cuantas cintas que había cogido de la caja. Hacía ya tiempo que la de la comunión de mi hermano (fácilmente reconocible por su carátula) podíamos verla en DVD gracias a que fuimos a un establecimiento especializado para convertirla a ese formato. Al verla enseñarme la fila de VHS que había seleccionado de la caja se despertó de nuevo aquella curiosidad de la que os hablaba y bajé a buscar el reproductor de vídeo. Le quité el polvo y crucé los dedos al enchufarlo, no estábamos seguros si funcionaría. Pero el vídeo reaccionó perfectamente y la cinta comenzó a andar. Esa y las que las siguieron.


La casualidad hizo que uno de los protagonistas de la cinta entrara por la puerta cuando la reproducción analógica se puso en marcha y el contenido apareciera en la televisión de la cocina. Justamente, su yo adolescente acababa de venir con la bici y entraba al salón donde yo, en plena edad del pavo y mi hermana con cinco años estábamos con mi padre en el salón de nuestra antigua casa. Él hablaba con mi madre y decía a la cámara “cuando veamos esto dentro de diez años…” (Risas). “¡y de veinte!” (Grita su yo de ahora frente al televisor).

Así se nos fue la tarde, viéndonos veinte años atrás en el que fuera nuestro hogar,  donde vivimos los cuatro hermanos tantos años de vivencias irrepetibles. Recuerdo que yo pasaba horas y horas dando vueltas por la cochera, con la bici o con los patines. Y así me vi con mi hermano en el vídeo, los dos con nuestras bicicletas una y otra vez sin darnos cuenta que nuestro hermano mayor nos filmaba a través de la puerta entornada. Nunca pensé que ese recuerdo pudiera estar grabado. Después, jugando al elástico, o cantando y bailando. El mayor grababa, el otro tocaba el teclado y yo luciendo mis gafas y el vestido caprichoso que recuerdo haberle pedido desesperadamente a mi madre en una tienda hasta hacerle sentir apuro frente a la dependienta. Y oigo otra vez a mi madre contar la anécdota y me sorprendo visualizando claramente el momento.

Esas películas no solo tienen valor por el tiempo transcurrido. Ahora todo lo grabamos, el móvil nos avisa a menudo del poco almacenamiento que le queda debido a tantas fotos y vídeos que compartimos con los demás. Ahora es tan normal el acto de grabar. Pero por aquel entonces cogíamos la enorme cámara de casa, la enchufábamos a la tele y nos sorprendíamos viéndonos en pantalla. Y jugábamos a ser presentadores y nos reíamos de nosotros mismos por ese gran descubrimiento.

En el boom de “Caiga quien Caiga”, os acordaréis de ese programa de televisión. Mi hermano mayor enfundado en camisa blanca y corbata negra hizo de reportero por nuestra antigua casa mostrándonos de manera cómica cada una de las estancias. Nunca podría enumerar la de veces que hemos recordado ese momento, sobre todo en Navidad cuando veíamos a Martes y Trece y sus sketches. Durante la grabación, de pronto sonó el timbre de casa y mis hermanos tuvieron que cortar rápidamente la grabación, no sin antes mostrar cómo Enrique se quitaba rápidamente la corbata frente al espejo mientras que gritaba “¡ya vaaaaa!”. Y ahora, muchos años después, podemos ver de nuevo aquella casa cuyas habitaciones permanecen intactas en la memoria, gracias a ellos y ese momento de gloria.

Y así también podemos ver ahora de nuevo aquella otra casa, la primera, donde nacimos sin saber que una hermana más completaría la foto familiar años después. "Paqui, haz algo" me decían. Y yo empezaba a hacer el tonto moviendo la cabeza. Y vi mi cuarto, el patio, nuestro perro Buyo, el salón. Todo tal y como lo recordábamos.

Y, de nuevo la noche del día siguiente estuvimos hasta las tantas de la madrugada mi hermana, mi madre y yo reproduciendo los VHS de nuestras comuniones y bautizos señalando instantes una y otra vez con nuestros dedos en la pantalla. Viendo a nuestros abuelos, titos y primos mucho más jóvenes cogiéndonos en brazos gracias a que otros familiares grabaron esos días repletos de emociones.

 
En 2016 los medios se hacían eco del que calificaron como “el adiós definitivo al VHS”. Funai Electronics era la única empresa del mundo que continuaba hasta ese entonces produciendo estos dispositivos (los comercializaba desde 1983, un año antes de que yo naciera). Años y años de historia de una forma de grabar y reproducir, la analógica, que tuvo que sucumbir a la generalización de los discos ópticos y otros sistemas digitales haciendo que otro de los gigantes nipones como Panasonic dejaran de fabricarlos. Ahora resulta que el VHS nunca se fue del todo en casa de los López, no gracias a que el reproductor sigue en marcha y a la caja de cintas que espera impaciente.

Y yo, que he trabajado como reportera, resulta que tenía dentro de esa caja toda una generación de “artistas” improvisados que se enfundaron en sus trajes de inocencia sin saber cuánto significaría para mí verlos en el futuro. Caprichos del destino que encierran la verdad de toda una familia. De cariño infinito, escenas tiernas y risas sin fin en el universo de unos hermanos que, a día de hoy, siguen reuniéndose y engrosando recuerdos para la posteridad.

Y ahora son mis sobrinos los que acaparan los flashes, quién les iba a decir a esos pequeños gigantes que tendrían el honor de convertirse en padres de esos pequeñines que ahora pintan la casa de alegrías. Es una de tantas reflexiones que tuve viendo esos vídeos y pensando en todo lo que ocurrió después. Ordenando recuerdos hasta que todo encaja en ese universo nuestro tan particular.

Y mucho más recuperando por fin esos momentos que ya habías olvidado sin querer o que ni siquiera recordabas haber vivido. Cosas que tan siquiera sabías que habían pasado y que hayas grabadas en alguna de las películas de tu vida. Verlas en familia ha sido una de las grandes cosas que me han pasado este verano. Mi hermano trajo a su hijo a casa aquel día y no se esperaba entrar y vernos pegadas a la pantalla para investigar qué había en las cintas. Casualidades que entran por la puerta. Sin ti la proyección no hubiera sido tan especial. Solo ansío volver a poner en marcha el reproductor cuando volvamos a reencontrarnos los cuatro frente al televisor. Así ninguno de nuestros "yo" presentes faltaremos reviviendo escenas cuyo valor para nosotros es incalculable.

Los instantes nunca se marchan del todo porque resultan irremediablemente inmortalizados en los corazones que forman parte de tu vida, simplemente porque ayudaron a construirla. No hubiera sido quien soy si no hubiera sido por mis hermanos. Y cada vez que veo los vídeos lo tengo más claro. Todas esas escenas serán siempre motivo de alegría, motor para continuar.  La inocencia fabricada de indescriptible magia

Y así, inocentes seguimos viviendo la vida. Los años siguen sin pasar para nosotros porque siempre seremos en parte aquellos cuatro niños que crecieron queriéndose como se quieren. Y no hace falta decir nada más cuando los recuerdos de una familia hablan por sí solos. Y resulta que sí existía la felicidad.


 Mi hermana María en su bautizo. Yo tenía siete años. Era 1991
 Pocos años después de aquel Caiga quien Caiga en casa fuimos de vacaciones a Las lagunas de Ruidera. Falta mi padre que estaba haciendo la foto


                 En 2014 recreamos una foto de nuestra infancia. 
Ambas son en la misma playa, en Salobreña


"Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre"
Jean-Jacques Rousseau