lunes, 12 de mayo de 2014

Barreras



Ascensión no es un caso excepcional, su historia es la de una joven, como tantos otros, que depende de una silla de ruedas para poder desplazarse por la ciudad de Almería. Tiene 38 años y trabaja en la FAAM, la Federación Almeriense de Asociaciones de Personas con Discapacidad, desde hace 11 años. Le encanta ir a la playa, sin embargo solo puede hacerlo del 1 de julio al 15 de septiembre, cuando están disponibles los puntos accesibles en las playas. “Ahora estamos a 30 grados y tenemos muy buen tiempo, pero no podemos ir a la playa hasta el 1 de julio”, se lamenta. “Me gusta mucho la playa, pero en Almería estamos muy limitados. El horario de las sillas anfibias es de 12 de la mañana a 6 de la tarde, cuando los médicos recomiendan no exponerse demasiado al sol. Si quiero bañarme a las 8 de la tarde no puedo”, me cuenta. 

En lo referente a las playas, Ascensión opina que esos puntos accesibles le parecen escasos y que el personal que encuentra no se presta mucho a ayudar. Y, entre risas, me asegura que los voluntarios y los socorristas acuden “cuando te estás ahogando”. Reconozco que, mientras me habla con franqueza de su situación, no le falta el sentido del humor y eso me hace reír también. No la noto con rencor, al contrario. Al teléfono parece una chica feliz, y cuenta las cosas con naturalidad, como si ya las tuviera asumidas después de toda una vida. Mientras, salpica su testimonio con otras cuestiones, como que se ven poco ayudados por el ayuntamiento o que la mayoría de comercios no son accesibles.

En cuanto al primero, y en general, a las instituciones públicas, esta chica dice que el edificio del ayuntamiento tiene sitios a los que no se puede acceder con la silla. Y es que, según su testimonio, los edificios públicos no se encuentran adaptados para las personas con discapacidad. “La Diputación de Almería tiene una plataforma, pero la mayoría de veces no funciona y tenemos que entrar por la parte de atrás”.

Tiene especial interés en recalcar el tema del acceso a los comercios. Su primera “crítica” la dirige hacia ellos y asegura que “las tiendas no están cumpliendo la normativa de accesibilidad”. Me nombra muchos establecimientos conocidos, y así descubro otra de las cosas que le gusta hacer además de ir a la playa, ir de tiendas.

Ella tiene problemas de movilidad desde que nació, y siempre ha estado desplazándose en silla de ruedas. Le pregunto si cree que Almería es accesible y me cuenta las complicaciones que encuentra cada día por las calles de su ciudad. “Cuando voy sola, voy por los sitios donde no hay problema y por los que voy segura, aunque tenga que coger un camino más largo”. Si prestamos atención al callejero de Almería, Ascensión asegura que son muchos los pasos de peatones que no tienen rebaje para facilitar el paso a las personas con problemas de movilidad. Me pone como ejemplo los de Carretera de Ronda. “Las calles de Almería están regular, los pasos de cebra están muy altos”.

Y me interesa saber también qué opina sobre la Universidad, y me llama mucho la atención una anécdota que comparte amablemente conmigo. En 1999 mientras estudiaba empresariales se encontró con un problema de accesibilidad muy importante. Le asignaron un aulario que no tenía ascensor, pero lo más curioso es que su clase estaba en la planta de arriba. Cuenta que una de las profesoras, indignada por lo estaba pasando, se negó a darle clase bajo esas circunstancias, reivindicando lo injusto que le parecía el que le hubieran dado esa clase a la que ella le era imposible acceder. Al final, a las pocas semanas la “protesta” surtió efecto y le asignaron otra clase para que ella pudiera ir sin problemas. “Eso fue hace muchos años, ahora las cosas en la universidad han mejorado”, me dice.

¿Por cuantos pasos de peatones pasamos cada día?, ¿cuantos escalones bajamos y subimos para acceder a tiendas, al dentista, a la casa de la vecina o al trabajo?, ¿cuántas veces vamos a la playa, cuando nos da la gana, sin mirar horarios ni puntos concretos?. Las barreras las ponemos nosotros, las dibujamos en un plano, las construímos y las levantamos. Estas personas se topan con ellas cada vez que salen de casa y no tendrían por qué coger el camino más largo para ir a cualquier sitio. Y nosotros no deberíamos ignorar la idea de que esas barreras perjudican su calidad de vida y que eso se podría evitar.

Hay mucha gente que tiene problemas para desplazarse, para moverse... cualquier momento es bueno para prestarles un poquito de atención. Aunque no le echemos cuentas, la inaccesibilidad es un problema social, que está ahí, en las calles de cualquier ciudad.




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