lunes, 5 de mayo de 2014

Un día cualquiera

Él no lo supo nunca, y seguramente se estará sonrojando al leerlo, pero era el chico más bueno y guapo de la clase. Era ese amigo que te daba consejos porque se preocupaba por ti, te ayudaba y te defendía, y con el que nunca eras capaz de aburrirte. Era un compendio de todas las cosas buenas del mundo, era un ángel. Quizá por eso, la tierra no podía ser su lugar para vivir. Tal vez alguien consideró que se le quedaba pequeña, o lo querían para sí allá arriba. Alomejor las estrellas pidieron su esencia para brillar con más fuerza, o las nubes reclamaron el cielo de sus ojos para servirles de compañía.


Hace diez años que no tengo su presencia, pero aún visualizo con claridad su sonrisa, los gestos de su cara cuando se reía, su manera de hablar, la expresión de sus grandes ojos... El tiempo pasa y no dejo de recordar todos esos detalles que lo hacían único y especial. Y nunca logro responder al por qué que me atenaza desde hace diez años, desde aquel once de abril. Pero, cuando a menudo pienso en él, la tristeza es efímera, como si se acercara a mí para mandarme su energía. Y estoy escribiendo esto venciendo al dolor, movida por ese recuerdo que no quiero que desaparezca. Y, mientras, siento su consuelo que me llega, qué importa desde dónde, si puedo sentir que es feliz.

No quiero pensar en la última vez que lo ví y por eso siempre me acuerdo de un día divertido en el que estábamos de tapeo por Granada, porque lo pasamos muy bien aquel día y porque fue la única vez que disfrutamos juntos de la ciudad. Era nuestro primer año como universitarios y fuimos al barrio cercano a la plaza de toros. Siempre que vuelvo a ese bar, al entrar, no puedo evitar dirigir la primera mirada a la mesa donde nos sentamos aquel día. Él estaba frente a mí, los dos con el hombro casi pegado a la pared por la falta de espacio.

Es costumbre allí, o lo era por aquel entonces, que los camareros sirvan un platillo de aceitunas y otro de cacahuetes a los clientes como obsequio, mientras esperas la bebida y la tapa. Era la primera vez que él iba y se quedó sorprendido por ese detalle. Nosotras, en cambio, vivíamos cerca e íbamos a menudo, así que le expliqué que allí te ponían eso gratis, además de lo que pidieras. Pero, al ponernos las aceitunas, y llegar las bebidas y las tapas, pero no ponernos los cacahuetes, le dije entre risas que iba a reclamarlos, que todas las mesas tenían menos nosotros, que no era justo. Él, con la cara colorada y muerto de vergüenza al imaginar que podría decirle algo al camarero, me pidió por favor que no dijera nada. No paramos de reír durante un buen rato. Todo eso lo tengo grabado como si hubiese pasado ayer, sin embargo no logro acordarme de lo que pasó después, ni si se fue de aquel bar sin probar los cacahuetes.

Con el paso del tiempo esos matices que no tengo claros en la memoria dejan de tener importancia, porque sobreviven los recuerdos de esos días en los que viví buenos momentos con mi amigo, sorprendiendome por la fuerza con que siguen ahí a pesar de todos los años transcurridos. Sea como sea, hay una cosa que no puedo evitar. Que cada vez que llega el día once de cualquier mes, recuerde por qué no me gusta ese número ni aquella fecha, aquel once de abril en el que dejó de estar junto a nosotros. Hoy es un día cualquiera, uno de tantos en el que me acuerdo de él. Y, un día cualquiera quiero recordarlo aquí, aunque el mejor homenaje que podría hacerle es seguir disfrutando de su recuerdo, apreciando la vida como él lo hacía.


Parece que acabo de venir de tu casa, de enseñarte la cámara de fotos nueva que me han regalado. Tu la cogiste y me dijiste que estaba muy chula. Después bajaste conmigo hasta tu puerta para despedirme. Te había gustado mucho mi visita, pues no podías salir de casa. Tiempo más tarde, con una vela encendida y acompañando a la virgen, alcé la mirada y te ví en tu balcón mientras veías la procesión de las Angustias pasar por tu calle.

Las únicas fotos que tengo nuestras son para mí un tesoro. No necesito más, porque la mejor instantánea está en mi cabeza y en mi corazón, lugares donde un joven ángel sigue volando, sonriéndole a una vida diferente donde ya nada le puede hacer daño.

Jesús no sabía que era tan especial, y el no saberlo lo hacía aún más hermoso y excepcional. Lo que más siento es no haber tenido tiempo para conocerlo mejor. Ahora él lo sabe, y con eso me basta.



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