martes, 24 de marzo de 2015

Cuarenta segundos



Con el paso de los años te vas dando cuenta que la vida es un compendio de casualidades, golpes de suerte o maleficios esporádicos, de momentos e instantes que van arrojando luz hacia tus sueños, de esperanzas e ilusiones que se enquistan en tu ser hasta hacerte perder el sueño, de personas que aparecen de repente y te cambian para siempre, de manos que te empujan en tu madurez inevitable, de sensaciones que alimentan tus días, de música que te regala ásperas melodías y dulces recompensas, y de cielos repletos de oportunidades que nunca están a tu disposición sin pelear con uñas y dientes por alcanzarlas, y que, aunque no las consigas, al final te queda la satisfacción de haberlo intentado con todas tus fuerzas.



Mi felicidad puede ser, por ejemplo, llegar a casa desesperada por encender el ordenador para escribir, que pueda ser capaz de encontrar las palabras adecuadas que describan los sentimientos del día y de ordenar las miles de cosas que me pasan por la cabeza. Y ha sido esta noche, llegando a casa mientras escuchaba el fantástico disco que me ha regalado mi hermano, cuando de repente multitud de emociones se han agolpado en mi pecho desprevenido, descontrolando y poniendo patas arriba la rutina de la que siempre intento escapar, algo que a veces se podría comparar a un deporte de riesgo. 

No deja de fascinarme la fusión que puede llegar a provocar el placer de regresar a casa después de un largo día y el poder de una canción junto al ansia por hacer lo que más te gusta en la vida. Tres grandes casualidades que han creado el instante perfecto, y, gracias a todos esos momentos que me sorprenden cada día, la felicidad podría decirse que es una de las coincidencias más bellas que existen.

Sería complicado desmenuzaros todo lo que sueño al cabo del día, eso que no me deja descansar por la noche, la nube de terciopelo que creo acariciar cada vez que pienso en mis ilusiones. Pero podría deciros que desde hace poco tiempo mi talismán son estas dos frases, que no sé quien las escribió pero que me recargan de energía y de esperanza. Una dice “persiste, si todo fuera tan fácil cualquiera lo lograría” y la tengo de fondo de pantalla en el ordenador, a modo de promesa, desde que en Madrid cursé el taller de presentadores. Y la otra dice que “Un sueño no es lo que ves mientras duermes, es lo que no te deja dormir”, creo que no se podría describir de una manera más precisa todo lo que me pasa ahora. 

¿Queréis saber más retales de mi felicidad?

La felicidad es estar en la boda de tu hermano o en el nacimiento de su hijo sabiendo que en ese momento él es el hombre más feliz del planeta. Es la sonrisa de tu madre cuando le dices que la quieres y la mirada de tu padre diciéndote que está orgulloso de ti. Es conocer al amor de tu vida con la certeza de nunca jamás querrás a alguien de esa manera, y saber que has tenido la inmensa suerte de ser correspondido. Es ese pellizco en el corazón cuando, al despedirte de alguien al que quieres, sabes que cuando lo vuelvas a ver será como si no hubiera pasado el tiempo. 



Mi felicidad es poner atención a los 40 segundos que le dan a un reportero por el pinganillo para contar la noticia en directo desde el lugar donde ésta ha ocurrido. Es imaginarme el pie de un presentador moviendo el pedal del teleprompter, mientras lo veo contarme la noticia que previamente ha editado para millones de telespectadores. 

La felicidad es haber estado frente a la cámara y haber sido capaz de relatar la historia que llevaba dando vueltas en mi cabeza todo el día o entrar en directo en el informativo regional de una importante cadena de radio y saber que no deseas hacer otra cosa el resto de mi vida. La felicidad es ver un programa de televisión terminado dentro del programa de montaje y saber que has buscado el reportaje, has entrevistado a los protagonistas, te has marchado en busca del mejor encuadre donde contar la historia y has conocido la realidad de la calle a golpe de ilusión y ganas por descubrirla. 

La felicidad es llegar a tu casa a las 12 de la noche aún frenética por la maqueta que acabas de enviar, para que el lector pueda leerla impresa al día siguiente mientras desayuna. Es coger el teléfono mil veces durante el día para contrastar fuentes, buscar datos y llenar tu libreta de apuntes que relees una y otra vez en busca del titular perfecto. Es diseñar el cuerpo de la historia y redactarla para publicarla instantáneamente en Internet y que quede suspendida en la nube a la que accede el receptor ávido de actualidad. Es que suene el teléfono y pregunten por ti en una redacción porque aquella entrevista que quedó en una columna días atrás, resulta que ahora es un reportaje que puede ir en portada. Es no mirar el reloj, salvo que te interese saber cuánto tienes para terminar esa historia, porque otra te espera en una sala de prensa.

La felicidad es estar con los que quieres y desear que se pare el tiempo. Es equivocarte una y otra vez, sabiendo que la decisión la tomaste con el corazón. La felicidad es, simplemente, escribir sobre ella con la banda sonora de El último Mohicano vibrando en tus oídos.


La felicidad es la adrenalina de los sentidos, la explosión de los sentimientos, el creer que los sueños pueden hacerse realidad. Y pueden. Aunque sólo sea durante 40 segundos.

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